A mediados de este año recorría el mundo la noticia de la prohibición de los teléfonos móviles en los colegios franceses. Paralelamente, circulaba en España la historia del profesor Miguel Ángel Miguel, más conocido como Miguemáticas, quien se ha ganado el reconocimiento de la comunidad educativa por utilizar de manera innovadora los móviles en el aula para enseñar matemáticas. El debate está servido: ¿son los móviles y la tecnología en general una distracción o, por el contrario, una herramienta para mejorar los procesos de aprendizaje y enseñanza?

 

Internet, los dispositivos electrónicos y el sinfín de aplicaciones existentes nos han permitido mejorar la eficiencia de procesos y actividades industriales, comerciales, políticas y culturales como nunca antes. El ámbito educativo no está aislado de este fenómeno, todo lo contrario. Durante las últimas dos décadas hemos visto y experimentado la irrupción de las nuevas tecnologías en los centros educativos y en las aulas. Dada la vertiginosa velocidad de este proceso, es natural que algunos sectores de la comunidad educativa levanten una voz de precaución.

 

Daniel Burgos, vicerrector de Investigación y Tecnología y director de la cátedra UNESCO en eLearning de la Universidad Internacional de la Rioja, plantea una manera interesante de encarar el uso de la tecnología en la práctica educativa. Burgos explica que la tecnología puede traer beneficios inmensos a la educación si se pone al servicio de una buena pedagogía. Es decir, si utilizamos la tecnología porque está de moda, corremos el riesgo no solo de no mejorar en absoluto, sino incluso de perjudicar la labor de enseñanza del profesorado y el proceso de aprendizaje del alumnado.

 

Eduard Vallory, director de la iniciativa Escola Nova 21 y presidente del centro UNESCO de Cataluña, hace referencia al estudio La naturaleza del aprendizaje publicado por la OCDE. En él, se concluyen los siete principios básicos para fomentar y mejorar el aprendizaje de los jóvenes:

  • El que aprende en el centro.

  • El aprendizaje es social.

  • Las emociones son esenciales para el aprendizaje.

  • Las diferencias individuales deben ser reconocidas.

  • La educación debe ser inclusiva.

  • La evaluación debe enfocarse hacia la mejora el aprendizaje.

  • Las conexiones transversales son clave.

Vallory explica que una manera apropiada de encarar el rol de la tecnología en la educación es analizando de qué manera los dispositivos electrónicos y el software especializado nos ayudan a reforzar cada uno de estos siete principios. Existen numerosos ejemplos de aplicaciones que permiten al profesorado personalizar la enseñanza al nivel y los intereses individuales de sus alumnos. Asimismo, existen herramientas para facilitar la interacción y el trabajo colaborativo entre estudiantes de una misma clase, escuela, e incluso, entre regiones y países diferentes.

 

La clave está entonces en concebir la tecnología como una herramienta, no como un fin en sí mismo. Utilizada de manera responsable y coherente tiene el potencial de mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje de manera exponencial, pero hay que ser cautelosos, ya que una mala implementación puede ser contraproducente para los objetivos que, como educadores, perseguimos.

 

Tal como ha sucedido, y está sucediendo en otros sectores, la educación tiene mucho que ganar.