La educación como un todo

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Tanto en la academia como en la propia práctica educativa siempre ha existido un debate en torno a la educación formal, no formal e informal. ¿Cómo se define cada una? ¿Cuáles son las similitudes y diferencias? ¿Cómo pueden o deben complementarse?

La Unesco define cada tipo de la siguiente manera. La educación formal es proveída típicamente por una institución oficial, el aprendizaje es estructurado en términos de objetivos pedagógicos, ciclos formativos y suele culminar con algún tipo de certificación. La educación no formal se constituye a partir de aquellas actividades educativas y de formación que se llevan a cabo fuera del sistema educativo oficial. Tanto en la educación formal como en la no formal, el aprendizaje es intencionado por parte del aprendiz. Por último, la educación informal se refiere a todo aprendizaje que ocurre de manera cotidiana y continua en el tiempo libre, de ocio, de trabajo, etc. La educación informal no es estructurada y el aprendizaje suele ser entendido como aprendizaje vivencial.

 

Un aspecto importante de la discusión en torno a los diferentes tipos de educación y aprendizaje radica precisamente en las divisiones y las jerarquías que se han creado entre estas. ¿De verdad siguen vigentes? Desde hace más de una década, la OCDE viene haciendo un llamado a la integración y el reconocimiento de la educación no formal e informal como ámbitos fundamentales de la educación.

 

 

 

La transformación por la que atraviesa el ámbito educativo actualmente nos hace repensar nuestra manera de entender los métodos, las herramientas, los espacios y las dinámicas de aprendizaje y enseñanza. En este sentido, las líneas divisorias que han separado tradicionalmente la educación formal, de la no formal y de la informal están siendo diluidas por las diferentes corrientes de renovación e innovación pedagógica que han tomado fuerza recientemente.

 

Esta transformación supone un cambio de la relación enseñanza-aprendizaje-evaluación; pues pasamos de una educación con un modelo informativo y memorístico a otra con uno formativo y competencial. La enseñanza se está convirtiendo en el proceso de facilitar, aconsejar y guiar el aprendizaje. Los espacios y momentos de aprendizaje son otros dos aspectos de gran importancia en la educación que están cambiando substancialmente. Lo que antes se consideraba territorio exclusivo de las escuelas es hoy entendido como una tarea en la que intervienen una multitud de actores diferentes y externos a ella.

 

Desde la pedagogía, la psicología y la neuroeducación se ha comprobado que la participación del alumnado en actividades tanto educativas como recreativas de carácter no formal e informal tienen igual o incluso mayor impacto en el aprendizaje. Estos permiten ofrecer a cada niño y niña una atención más personalizada y, sobre todo, más adaptada a sus intereses y ritmos de aprendizaje. Ejemplos concretos de esto son las actividades extracurriculares de todo tipo, como los talleres y las visitas a museos, los teatros y muchas otras de carácter académico, deportivo o de asociacionismo.

 

 

 

 

Esto no significa una renuncia total a las metodologías, las herramientas y los espacios tradicionales. Tampoco debe entenderse como una disminución de la importancia del sistema educativo oficial. Más bien, implica entender que la educación del siglo xxi requiere de la participación activa del alumnado en su propio proceso de desarrollo y se entiende que existen muchos espacios y actores más allá de la escuela que pueden aportar mejoras a la innovación educativa. Es imprescindible que todos los que trabajamos por la educación lo hagamos de manera coordinada y cooperativa, complementándonos y uniendo fuerzas para mejorar día a día.

 

Los retos a los que nos enfrentamos como sociedad requieren de una concepción de la educación holística, participativa y abierta al cambio. Cada espacio y cada momento es propicio para despertar la curiosidad, motivar, enseñar y aprender. En este sentido, las diferencias entre cada tipo de educación y aprendizaje deben ser entendidas no como una jerarquía de valor e importancia, sino como componentes esenciales de una educación integral. Debemos entender la educación como un todo.


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