La incertidumbre que se cierne sobre el curso que viene puede ser, más que una sombra, una oportunidad de transformación educativa, más necesaria y justificada que nunca.

Los requisitos de prevención sanitaria en el entorno escolar y el debate en torno a estos han logrado desplazar el foco del verdadero desafío del próximo curso 2020-2021: la educación.

La nueva normalidad de la escuela, con la tradicional brecha educativa amplificada por la COVID-19, hace ya inevitable el abordaje de la transformación educativa de manera global. Es difícil concebir el nuevo curso sin una nueva organización académica y curricular, sin una enseñanza interdisciplinar, sin un mayor protagonismo de la educación socioemocional, sin un refuerzo de las competencias transversales, sin un enfoque colaborativo tanto por parte de los docentes como de los alumnos y sin una competencia digital que permita a la tecnología ser el gran facilitador que está llamado a ser.

En definitiva, se trata de reenfocar la escuela, el liderazgo educativo, el papel del docente y el del alumnado. Ese camino que ya muchos colegios habían emprendido y algunos ya habían logrado consolidar ya no es una opción. Es el camino.

La incertidumbre que se cierne sobre el curso que viene ante la posibilidad de que rebrote el coronavirus precisa emprender ese camino. La fortaleza adquirida en el último trimestre del curso 2019-2020 y los desafíos a los que nos hemos enfrentado nos empujan a ello. Y no se trata de hacer experimentos. Tenemos evidencias de lo que no ha funcionado, y también tenemos sólidas evidencias de transformación educativa que podemos seguir, dentro y fuera de España. En eso, EduCaixa puede ser un firme aliado para las escuelas.

La reorganización curricular del curso, identificando los saberes y las competencias instrumentales imprescindibles, no depende solo de las administraciones y la legislación, sino de la colaboración entre los docentes, a su vez dependiente del liderazgo pedagógico del equipo directivo. El profesorado tendrá que abrirse más que nunca a la colaboración, a salir de su clase y de su asignatura al encuentro de los demás para redefinir juntos los objetivos y para lograr una consecución interdisciplinar de los mismos.

Muchos colegios ya habían logrado derribar esas barreras propias de una educación concebida como la suma de materias independientes; algunos lo han hecho con grandes reflejos en este último trimestre. Otros ya han empezado a vislumbrar ese escenario y van a dedicar el verano a perfilarlo. Igual que también están preparando esa especie de «curso cero» para el mes de septiembre, en el que será tan importante comprobar el nivel competencial de los alumnos como su estado emocional y su predisposición al aprendizaje después de seis meses sin pisar la escuela y sin relacionarse con sus compañeros. Para una gran parte de los escolares, han sido, además, seis meses sin contacto directo con sus profesores. Sabiendo de antemano la relevancia que tiene la relación profesor-alumno en el aprendizaje, la manera en la que se restablezca ese vínculo será la clave para el resto del curso. Habrá que prestar especial atención en los casos que implique cambio de docentes (por ejemplo, por traslado de centro, por cambio de ciclo, por interinidad del profesorado).

Esa nueva reconexión después de meses es una oportunidad de oro para que el docente reformule su papel de cara a favorecer una mayor autonomía del alumno o de su proceso de aprendizaje.

Y no podemos olvidarnos de las familias, las grandes aliadas del profesorado durante el confinamiento. Si bien su colaboración siempre ha sido necesaria en la educación escolar, la dedicación de estos meses –más intensa cuanto menores eran los alumnos– ha marcado un antes y un después en la relación escuela-familia. Su implicación volverá a ser imprescindible en caso de un nuevo rebrote de la COVID-19 o en caso de que un niño deba quedarse en casa en cuarentena. Pero también cabe reflexionar sobre las posibilidades de mejora de un vínculo (familia-escuela) que se ha mostrado clave para el aprendizaje.

Dicen algunos psicólogos que ninguno de nosotros volveremos a ser los mismos que éramos antes de la aparición del coronavirus. La escuela tampoco lo será. Y todos tendremos que reaprender juntos a formar una comunidad de aprendizaje que pueda dar sus frutos.